un poco de historia ROTULADORES!

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un poco de historia ROTULADORES!

Mensaje por kaaz one love el Miér Jul 29, 2009 5:16 pm

Se
sabe que los primeros utensilios para dibujar en los vagones
de metro eran en principio pinceles y pintura hasta el descubrimiento
del spray (aerosol). Empecemos por
establecer un orden arbitrario para poder hacer una clasificación,
por ejemplo rotuladores y aerosoles
(puesto que son los más importantes) y luego otros
métodos.



En
un principio valía cualquier cosa. Por ejemplo, en
el Nueva York antiguo, Pray utilizaba una llave con la que
rasgaba su nombre en los metales pintados (más tarde
se descubriría que Pray era una venerable anciana que
se dedicaba a poner su nombre al más puro estilo writer).



Los primeros marcadores eran de un tamaño pequeño,
el tradicional Edding 2000 de unos
pocos milímetros de grosor y punta redonda es un buen
ejemplo hasta que se instaló con éxito el Pilot
de punta cuadrada de 1x1 cm. Fue muy utilizado por los escritores.
Algunos querían ir más allá e incluso
se fabricaban sus propios rotuladores utilizando envases de
pegamento con sistema de muelle (lo que hoy se conoce como
camaleones), botes de pegamento
de barra vaciados y con una punta casera acoplada. Generalmente
se usaba la esponja de los borradores de las pizarras del
colegio (eso sí, sin estrenar, puesto que si estuvieran
usados, las partículas de tiza podrían obstruir
el paso de la tinta). Incluso se llegaban a rellenar recipientes
de Canfort para zapatos. El repuesto preferido solía
ser laca de bombilla, un material bastante económico
y viable además de disponer varios colores. El inconveniente
es su poca resistencia al sol, dejando los tags prácticamente
invisibles después de varios días.



Con el tiempo los rotuladores caseros han dado paso a otros
más sofisticados. Aparte de rotuladores de tinta aparecen
rotuladores de témpera, con lo que ahora, aparte de
haber más colores, los que hay son cubrientes, es decir,
existen colores claros aptos para escribir en superficies
oscuras, lo que hizo que se ampliasen el número de
superficies susceptibles de ser atacadas. Generalmente se
los llama Posca, debido a que la
marca más extendida se llama así. Llevan un
sistema de muelle y bola mezcladora debido a que los materiales
que contiene son más espesos que la tinta y hay que
asegurar la fluidez.
No sólo varió la tinta sino también el
grosor de los rotuladores. Desde el camaleón de 1,5x1
cm de punta, pasando por el 20mm de 2x1cm y llegando hasta
un linterna de 3x1cm, lo que da
más vistosidad y mayor tamaño a las firmas.
Pero la escala sigue subiendo y nos encontramos con el Ultra
Wide
o espátula,
que aumenta el ancho a 4cm (aunque es más fino y más
estrecho, de ahí el nombre de espátula y que
parezca un desodorante). Haze, un viejo escritor noyorkino,
se especializó en su uso. Por si esto fuera poco el
último invento del mercado ha desencadenado en el Biggie,
llevando la punta a un grosor de 5x1cm, casi el doble que
la revolucionaria linterna. Desde el punto de vista comercial
la cosa acaba aquí, pero en ansia de los escritores
en su búsqueda del “todavía más”
les lleva a sacarse a la calle una esponja y humedecerla con
tinta. El resultado es de imaginar: Trazos tan grandes como
el tamaño de la esponja. Y, sin duda, el último
grito: Derramar directamente la tinta del bote sobre la superficie
¿Es este el grado extremo? No, por si fuera poco ya
no basta con el tamaño o la cantidad de tinta derramada
sino que ahora se busca que ésta sea indeleble. Hacia
el 98 nos llega desde Italia la temeraria tinta Inferno
originaria para tintar zapatos y pieles que pasa a sustituir
a la tradicional Industrial (más
negra pero más fácil de eliminar) que hasta
el momento se había estado usando en España.
Los escritores cargan sus rotuladores con esta tinta, cuya
principal característica es la de su poder de penetración
en los poros de las superficies más pulidas, haciendo
en algunos casos imposible la eliminación total de
la pintada, tornando su original color negro en un gris de
un tono bastante oscuro después de un duro frotado
incluso con los más fuertes disolventes. No contentos
con el ya debastador poder de la tinta milanesa, los escritores
le añaden “pluses” a la sustancia, como
por ejemplo el aceite negro residual de los motores de coche,
o una especie de bolas que se desacen convirtiéndose
en un polvo negro que fomenta el agarre de la tinta a la superficie.
Todo ésto, especialmente la tinta Inferno, trae de
cabeza, por un lado a los dueños de los comercios que
demandan una solución al problema, y por otro pone
en jaque a las autoridades, una vez más.
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